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Resumen
- 03/03/2006 15:31 - Silvio de oidas (III)
- 11/03/2006 19:35 - Allí Silvio (I):
La Isla de la Juventud
Silvio de oidas (III)
El mar se convirtió en aliento y ruido de fondo constante durante todo el trayecto. En aquellos atardeceres infinitos me dio tiempo de conocer algunas rutinas marineras y colaboraba siempre que era necesario / entendí en qué consistían algunos de los procesos y hábitos pesqueros / conocí demandas, críticas y quejas de los trabajadores de aquella flota pesquera / sin embargo no hallé en ningún caso coincidencias o magia, acaso casualidad, no obstante azar prístino de suave amargor, de fotografía en sepia...
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Una noche mientras paseaba por la cubierta conocí a un anciano que decía llamarse Sindo Garay en ocasiones, Chico Buarque o Rosendo Ruiz. No dejaba de referirse a él mismo utilizando distintos nombres de la Vieja Trova que posteriormente fui registrando a medida que iba recordando la conversación. Fue una de estas ocasiones en las que te sientes incapaz de asumir tanto conocimiento sabio. Y entonces fue cuando comenzó a hablar de Silvio como si fuera un joven de veintipocos años, me dijo que con su voz "desgarrada, aguda, y sincera" era una joven promesa. También dijo que no se creía eso de que iba a escaparse, porque era de los que creían en "la revolución de todos los días, la de levantarse sin rostro de cuento y la de acostarse sin rostro de héroe" decía. Aproveché para hacerle algunas preguntas claves con el fin de conseguir pistas que me llevasen a considerar este caso como una investigación Musicoalquímica, sin embargo el anciano consideraba esas preguntas de poco interés y cambiaba siempre la conversación hacia otro tema. Cuando le pregunté "¿existe algo en Silvio que no sea creíble o antinatural?" me dijo: "-!ay! ’helmano’ qué cosas me dise usté, no quiero hablar de magia ¡si aún no lo conozco lo suficiente!-". Fue justo en ese momento cuando la conversación se vio interrumpida por el chasquido del mechero.
Una vez consumido casi en su totalidad me ofreció unas caladas y se alegró de que las rechazase.
A la mañana siguiente, cuatro meses después de zarpar, llegábamos a ’Isla de la Juventud’ y me despediría del motopesquero Noriga-Yalp con la sensación del que se dejó olvidado algo pero no recuerda qué.

Allí Silvio (I):
La Isla de la Juventud
Una vez allí, los ruidos, los colores, las formas, los olores eran distintos y lo eran porque aún contenían el pavor de lo desconocido. En otra parte del mundo vendía frutas donde siempre y no percibía lo bien que está una dentro de su burbuja.
Me instalé en un hostal cercano al puerto, e intercambié las sonrisas y el dinero suficientes para contrarrestar calor y sueño con comida.
Proseguí con el ron.
Borracho tal vez oí música, y me dejé llevar por sus calles. Me quedé encerrado en un servicio-lavadora que giraba. Justo en el centrifugado se llenó de líquido esponjoso, y en ese momento, astronauta irreflexivo, una mariquita subió por mis piernas susurrando, por mi espalda hablando, y llegó a mi oído gritando y me dijo que allí, en la Isla de la Juventud, convirtieron la cárcel en una escuela.
Me despertó el vuelo implacable de un colibrí-desayuno que poco a poco fue convirtiéndose en el ruido, color y forma de ayer.
Mañana saldría para Playa Girón y no había tomado anotaciones suficientes.
